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Opinión
Hoy es Miércoles, 15 de Julio de 2020
POR J.L. MOHEDANO
EN ABRIL… ¡ENCIERROS MIL!
Publicado el 04 de Mayo de 2020, Lunes

Opinión -

Sexto domingo de confinamiento. Mustio, triste y pasado por agua, menos mal que la chiquillería habrá dejado un rastro de su alborotada alegría de vivir saliendo a las calles acompañados por uno de sus progenitores. Algo que, aunque pueda parecer imperceptible, se habrá quedado adherido en los muros, en los troncos de los árboles y en las aceras como dejan las sombras tras su paso, aunque haya sido durante el lapso obligado de esa hora que les ha permitido ser paseantes legales de un pueblo distópico como el nuestro que parece arrancado de cualquiera de esas historias que solo creíamos posibles en entre las páginas de un libro o en las imágenes de las películas.

Como en los días festivos sólo es posible comprar el periódico en los dos kioscos de El Llano, y como el derecho a la información lo ampara, equipado para la ocasión, esto es, provisto con mascarilla y guantes cojo el coche para desplazarme. Parara recorrer esos 700 u 800 metros escojo entre las tres posibles rutas la más directa siguiendo la deshabitada Avenida, una vez que hubo cesado el “reventón”, o sea la tromba de agua que se adelantó a los pronósticos en varias horas esta mañana -estábamos en alerta amarilla- y luego pudimos saber que las aguas caídas se habían acumulado donde siempre, esto es, en la rotonda junto a la estación de servicio de La Piscina, donde convirtieron en casi una aventura el paso de los pocos coches a los pocos coches que pasaron por el trazado de la antigua carretera N-432 o dañaron algunas calles de El Cerro como fueron las de  Garibaldi o Libertad.

Primera rotonda, la de la chimenea enana. Los muros del Cinema Peñarroya, blancos y desnudos sin la cartelería que anuncia las películas semanales y tras la verja el jardincillo con las banderas obligadas y el busto del maestro Cerrato, quizás tan absorto en el silencio que lo envuelve como aquel Beethoven que fuera uno de los vértices de su santa trinidad musical. Una fugaz mirada al callejón para recordar para recordar y mandar aliento a los mayores, y a quienes los atienden, en la residencia de Santa Bárbara. Y vistazos para ver los azules desvaídos de los montes de la sierra de El Hoyo, bajo un triste cielo gris-plomo, al final de las calles perpendiculares que abocan a la Avenida que ahora huérfanos de sol, pero sin capa -ya se ha cumplido hoy el viejo dicho local que reza «cuando la sierra de El Hoyo tiene capa, Peñarroya no se escapa»- se antojan tan lejanos como inaccesibles. Y el bonito edificio de la Biblioteca Municipal -cárcel silenciosa de libros sin objeto- tan confinado en el también clausurado parque de Carbonífera, como nosotros mismos en nuestros hogares.

Y, sin embargo, hoy duele un poco menos que en otras ocasiones el ver echados los cierres metálicos de los negocios del centro comercial e incluso el portalón de la iglesia. Es domingo. Es o debía ser día, estamos viviendo unos tiempos tan extraños, festivo. Aparco junto a uno de los kioscos, se puede elegir sitio. Nadie en los bancos, nadie por el paseo, salvo un trabajador de la limpieza con su carrito, uno de esos trabajadores de los que hemos aprendido a valorar la importancia de su labor y lo mal pagados que suelen estar. Y me pregunto cómo pasarán ahora los largos días esta gente mayor que no suele faltar a sus convivenciales citas diarias más que por causas de fuerza mayor, en este parque dedicado a Santa Bárbara, la patrona de los mineros y de la desaparecida villa de Pueblo Nuevo del Terrible, para recordar tiempos pasados o, simplemente, opinar cómo se podrían arreglar los problemas del país, como lo hacemos casi cualquier otro español que se precie de serlo en un ejercicio pleno de aquella actitud  que ya el gran Lope de Vega tan acertadamente llamó “la colera del español sentado”.

La kiosquera me da el periódico como si estuviera contaminado mientras nos interesamos por cómo seguimos llevando el confinamiento en nuestras familias. Siento alegría al ver a un amigo que acaba de aparcar. Es la primera vez desde hace más de cuarenta días, que nos vemos en vivo, aunque ataviados como fantasmas enmascarillados y enguantados salidos de este de manual de supervivencia. Con voces deformadas, inidentificables intercambiamos buenos deseos, últimas lecturas y actividades caseras durante el confinamiento; noticias sobre las esperanzas de una pronta apertura de los negocios y de su adaptación a los tiempos que vendrán. Un conocido se acerca desde el cajero automático y, con evidentes ganas de pegar la hebra, ocupa uno de los vértices del triángulo equilátero virtual que se ha formado. Impaciente nos regala el bulo de la jornada, que como todo buen bulo es más interesante cuanto más difícil de creer. Así nos “enteramos”, de que los afectados en el pueblo por la pandemia son ¡más de 170!, pero baja la voz acentuando la confidencia, es algo que, obviamente, no se puede decir, algo que procede de fuentes bien informadas solo al alcance de selectos y contados. Y como es necesario un pequeño elemento verdadero para sostenerlo, comenta los nombres de las 3 trabajadoras de una de las residencias que han pasado el covid-19, casos de personas conocidas, pero que, reitera, son casos a los que nunca aludió el Alcalde en ninguno de los programas diarios de la radio local que, en cambio afirmó que no se habían dado ningún caso de contagio en las tres residencias. Un programa ejemplar de radio Peñarroya, de la Cadena SER, cuyos realizadores -a los que hay que felicitar por su meritoria labor- casi desde el comienzo de la anormalidad en la vida ciudadana se ha empeñado -con éxito- en mantener informados de la mejor manera posible a los ciudadanos del Valle del Guadiato, primero, y luego también, a nuestros vecinos comarcanos de la Campiña Sur pacense, vamos de lo que un ilustrado, y viejo maestro represaliado y aquí afincado, nos enseñó a reconocer como  la «Extremalucía» territorio fronterizo en el que se estrechan y fusionan los rasgos humanos y geográficos de las dos comunidades. 

Aprovechamos mi amigo y yo para finalizar la improvisada tertulia el que por una de las esquinas apareciera un coche-patrulla de la guardia civil circulando con deliberada lentitud. Mientras pongo en marcha el coche, se me viene a la cabeza el jaleo que se ha montado esta semana con el que se dijo había sido un lapsus del general de este cuerpo al decir que se perseguirían los bulos, y se defendería al Gobierno de los que lo atacasen, algo que no es una de las funciones de la guardia civil, y que a pesar de los desmentidos se confirmó al conocerse que instrucciones en este sentido ya habían sido enviadas a las distintas comandancias de la Benemérita. Doy vueltas al bulo local: el número de contagiados rozaría el 2% de la población peñarriblense, lo que supondría que pocas familias no tendríamos o a algún miembro afectado o a más de un conocido entre ellos, además ¿Cómo se habría resuelto la atención de tan elevado número de afectados en  nuestro limitado CHARE? ¡Pero ese iluminado contertulio ocasional estaba tan convencido de estar en el conocimiento de la verdad más verdadera! Larga tarde gris y sin lluvia dedicada a la lectura demorada de la prensa y cuando se tiempla me convierto en paseante del patio después de hacer improvisados ejercicios físicos. Me llega la voz escasa pero voluntariosa de una vecina que canta canción española. El casi siempre comedido perro del tercero manifiesta su disgusto ladrando cada vez que entro en su campo de visión. Huele a azahares del limonero en uno de los rincones del patio y a horno de dulces recién hechos, en el opuesto. Fuera, la muerte merodea para cobrarse una presa de uno de los bloques cercanos, pero el equipo médico que ha llegado en una ambulancia, le planta cara y traslada al vecino al hospital para sostener abnegadamente un último pulso contra la fatalidad. Más tarde una niña canturrea como si fuera un estribillo un gracioso «Papáááá… ¡lííííímpiame el culiiiiito» que vuelve a poner una sonrisa en los rostros de quienes hemos escuchado el mensaje.

Llegan las 8 de la atardecida, con un sol desvaído y pusilánime. Es la hora que marca realmente el meridiano de los días desde la declaración del Estado de Alerta. Las ventanas y las puertas se van poblando de vecinos rápidamente en cuanto alguien empieza en solitario los aplausos. Las golondrinas, que ya dibujan efímeros caminos en nuestros cielos desde la semana pasada, interrumpen sus jijeos y se alejan de vuestra parcela celeste. Ya aguantamos poco más de tres minutos aplaudiendo, no sé si el tiempo mínimo necesario para que nos contraten como claqué para un espectáculo. Alguien se despide y los demás nos vamos uniendo en los adioses tras establecer breves diálogos en algunos casos. Casi me dieron ganas de volver a aplaudir cuando uno de los vecinos manifestó la esperanza que a partir del dos de mayo se abriera un poco más la mano para todos, aunque solo fuera para poder salir a hacer deporte.

Luego tiempos de video llamadas, de correos electrónicos, de televisión de asombrarnos, estremecernos o indignarnos por cómo había trascurrido en las capitales mayores especialmente la primera jornada de paseo para los niños, en los que parecía que la gente había hecho caso omiso a todas las recomendaciones o prohibiciones gubernamentales. No faltaron implacables guardianes de la moral y de las prohibiciones, que reclamasen mano dura, quizás sin tener en cuenta las posibles circunstancias atenuantes de alguna de estas imprudencias o el hecho de que estas imágenes llamaran tanto la atención  por ser las excepciones a las normas y que probablemente la mayoría sí las hay cumplido, no hay que olvidar que para los medios de comunicación la noticia no es que un perro haya mordido a una persona, sino que una persona haya mordido a un perro y, sobre todo que la vuelta a una cierta, y novedosa, normalidad estará más en nuestras manos como ciudadanos, que en las del propio Gobierno, un Gobierno que a veces parece asesorado más que por afines, por adversarios políticos ¿Cómo justificar que se prevea la salida para hacer deporte el 2 de mayo justamente en fin de semana para ciudadanos encerrados durante tanto tiempo?

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